Educando con amor, se aprende mejor



La violencia y la agresividad  forman parte de los factores que impiden el buen desempeño de los maestros, de los alumnos y hasta de los padres de familia en el proceso enseñanza aprendizaje. Los alumnos por ejemplo, pasan todo el día pegados a la televisión viendo programas violentos o viven diariamente violencia intrafamiliar; luego van a la escuela cargados de ira y con la primera explotan causando desorden en el salón de clases. En muchos casos, hay alumnos que pasan solos todo el día porque sus padres trabajan. Como no tienen quien los controle, se van a las calles a presenciar más violencia. Los padres de familia,  quieren solucionar todo en forma violenta porque de repente esa fue la forma en que los educaron a ellos, sin darse cuenta de que las personas van cambiando con el tiempo.   Los docentes no son la excepción. Ellos olvidan que tienen que dejar los problemas en casa y llegan al salón de clases estresados, enojados, llenos de ira y luego quieren desquitarse con los alumnos.

 

La violencia no se puede combatir con más violencia.  La mejor forma es tratar a las personas con dulzura. Los niños cuando no se sienten amados en sus casas buscan refugio en las maras porque ahí se sienten mejor protegidos.   Muchos niños, lo único que reciben en sus casas son malos tratos, luego llegan a la escuela y reciben lo mismo; por lo tanto piden a gritos que alguien los atienda, que les hagan sentir que son importantes. ¿De qué manera lo gritan? Molestando en el aula, haciendo travesuras, no haciendo sus tareas, etc. De esta manera quieren llamar la atención.  De esta manera quieren decirle a su maestro y a sus padres: “¡Aquí estoy! ¡Mírenme! ¡Escúchenme! Pero en vez de escucharlos, les gritamos, los castigamos, los regañamos provocando con esto que los niños reaccionen más enojados y provoquen más violencia. Los niños, los jóvenes y hasta los adultos necesitamos saber que hay alguien en este mundo que nos considera importante. Que de verdad nos quiere y desea lo mejor para nosotros. Nuestro  papel como docente es acercarnos y preguntarle lo que le pasa, porque la mayoría de los niños no lo va a decir por pena o por miedo a que el maestro lo amoneste o que lo saque de clases.

 

Greg Braden un famoso científico concluyó en uno de sus trabajos de investigación que el amor y la compasión por los demás es la clave para vivir en armonía en este mundo el cual está colapsando por los daños que los seres humanos estamos ocasionándoles a través de las guerras con el afán de destruirnos unos con otros.  Él, al igual que nuestros ancestros nos aconseja que cualquier actividad que realicemos no importan cual sea ni para quien sea, debemos hacerla en armonía  y sobre todo con amor, para que los resultados sean satisfactorios. Dios mismo nos ordenó que nos amaramos unos a otros como a nosotros mismo; pero al parecer ni nosotros mismos sabemos cómo amarnos, por eso se nos hace difícil amar a los demás, peor a nuestros alumnos.  Y como dijo un filósofo: “¡Nadie puede dar lo que no tiene!” Entonces, será que los docentes no tienen aunque sea una pisca de amor para sus alumnos. O será que carecen de la verdadera vocación que se requiere para ser docente.

 

Nos olvidamos de que nuestros alumnos forman parte  importante de nuestra vida porque muchas veces pasamos más tiempo con ellos que con nuestros propios hijos.  Que gracias a ellos tenemos un trabajo del cual comemos y comen nuestros seres queridos.  A nadie le gusta recibir maltratos, peor  a los niños.  Ellos no tienen la culpa de que el gobierno no nos pague o de que nuestros esposos o esposas nos hayan maltratado o de que el autobús nos haya dejado o que el carro el día de hoy no nos encendido, etc. Ni los niños, ni nadie tienen la culpa de nuestros problemas.  Cuando nos sintamos molestos, busquemos un poco de tranquilidad y usemos el viejo truco de respirar profundamente hasta que se nos pase.

 

Para concluir quiero sugerirles que no veamos ni tratemos a nuestros alumnos como enemigos. Veámoslos como un ser humano carente de amor y de atención. Veámonos reflejados en ellos. Tampoco los saquemos de clases por razones ilógicas, porque no son los zapatos o el uniforme los que reciben clases. Y si está en una institución privada, arréglense directamente con los padres y hagan un convenio con ellos porque no hay nada más penoso para un estudiante (peor cuando es adolescente), que lo saquen de clases porque sus padres no han cancelado la mensualidad.  Los niños y los jóvenes son seres muy frágiles y con nada herimos sus susceptibilidades.  Un último y buen consejo es: No le llevemos la contraria a un adolescente porque se nos va a ir peor.

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